Compartiendo el Pan de vida

María Elena es una bella joven de 25 años.  Culta, fina, elegante y hermosa.  Pero vive sola.  Alquila un departamento, tiene su empleo y se basta a sí misma en todo.  Su vida es irreprochable, pero… vive sola.  Y por eso, María Elena es continuamente blanco de chismes.  Los comentarios que se hacen de su persona son siempre iguales.  Notablemente iguales.

Sus compañeros de oficina, por ejemplo, cuando ella no está, comentan:  “Entre nosotros es una santita.  Pero ¡vaya a saber lo que hace por allí”.  Sus amigas, aquellas con las cuales concurre al club los sábados y domingos; y sale de compras después de la oficina, murmuran:  “Entre nosotros es una santita.  Pero ¡vaya a saber lo que hace por allí”.  Sus compañeros de estudio, porque María Elena después después de que sale del trabajo, continúa estudiando de noche para sacar un título dicen:  “Entre nosotros es una santita.  Pero ¡vaya a saber lo que hace por allí”.

Aun el loro, el loro que María Elena tiene en su departamento, y al cual alimenta con cariño y le regala besos; cuando María Elena se va, dice con su voz chirriante:  “Aquí conmigo es una santita, pero ¡vaya a saber lo que hace por allí”.

De este modo, esta chica buena, correcta y fina, que se porta como una santita en todos lados tiene fama de mala.  Y sólo por esa tendencia natural, natural pero mala, que todos tenemos hacia la maledicencia y el chisme.

¿Sabías que la Biblia habla del chisme? Sí.  En el libro de Levítico, capítulo 19, verso 16 dice:  “No andarás chismeando entre tu pueblo.  No atentarás contra la vida de tu prójimo, yo Jehová”.  Cuando leo este versículo, tres cosas me llaman poderosamente la atención. Primero, la orden clara y terminante “No andarás chismeando”.  Es una prohibición absoluta.  El chisme es un ácido que disgrega la armonía de la sociedad.  Segundo, la impresionante relación que Dios establece entre chismear y matar.  Porque dice “No atentarás contra la vida de tu prójimo”.  Es que, a la verdad, el chisme mata casi tanto como una puñalada, porque destruye la reputación y el buen nombre, y daña moralmente, quizás para la eternidad.  Tercero, es que para esta ley Dios pone su propia firma.  No bien termina de legislar contra el chisme, y darle su razón de hacerlo, dice “Yo, Jehová”.  El mismo Dios eterno y todopoderoso, el Creador y Libertador de Israel estampa su firma real sobre Su ley, para que no quepa ninguna duda.

Ante todo esto, ¿podemos seguir chismeando y dañando la reputación del prójimo?  ¡Cuánto necesitamos arrepentirnos y pedir perdón a Cristo!

Pídele a Dios que limpie tu corazón y tus labios, desde ahora y para siempre.  Que tu hablar sea siempre lleno de misericordia.

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