¿DEBEN LAS IGLESIAS INVOLUCRARSE EN EL “POSCONFLICTO”?

 

Escrito por: William Delgado Gil      Williamdelgadogil@gmail.com

 

POSCONFLICTO

 Dichosos los que trabajan por la paz, ¡porque serán llamados hijos de Dios!– Mt 5:9.

 

“Nosotros los cristianos tenemos mucho que ofrecer en una situación y escenario del inminente acuerdo de paz y del posconflicto. Tenemos el mensaje de esperanza, consuelo y verdadera paz”.

 

Sin duda alguna, las iglesias van a tener grandes oportunidades para involucrarse en la situación del denominado posconflicto, cuando ésta llegue finalmente.

 

Y es que son ya más de tres años de negociaciones en La Habana, Cuba, entre el gobierno nacional y las Farc, y parece que el presidente Santos está bajo cierta presión del presidente norteamericano Barack Obama para llegar a un acuerdo de paz en 2016.

 

A juicio de Michael Gowen, de origen Británico, experto en el tema y quien es colaborador de EvangelicalFocus, además de otros líderes consultados, coinciden en afirmar que no se debe hacer ninguna ilusión de que la firma de un acuerdo de paz entre el gobierno y las Farc sea una panacea que terminará definitivamente con décadas de conflicto.

 

Varios de los frentes de las Farc indican que no van a desmovilizarse (sin embargo, ¿van a mantener su resolución cuando llegue el momento?); También el grupo guerrillero ELN, anunció su disposición para participar en negociaciones de paz. No obstante, numerosas bandas criminales armadas existentes en el país, lo cual ya empaña el panorama de un cese cercano al conflicto.

 

 

Por su parte, el ejército colombiano tendrá que adaptarse a una situación en la que se verá disminuido considerablemente su papel. El cínico podría decir que nada sustancial cambiará con la firma de un acuerdo de paz; así que ¿por qué involucrarse?

 

Pero los cristianos estamos y somos los llamados a ser portadores de esperanza, no de cinismo.

 

Sin duda, habrá una multitud de problemas después de la firma del acuerdo; pero a menos que alguien en algún lugar esté dispuesto a asumir un riesgo para avanzar la paz, Colombia continuará atrapada en el ciclo de violencia por muchas décadas más.

 

Así pues, Colombia se encuentra en un punto de inflexión; y es ésta una oportunidad maravillosa, que las iglesias y el pueblo cristiano no deben perder. El reto es salir de las cuatro paredes de los templos, e involucrarse de manera coordinada con el gobierno y concertar esa esperada ayuda que el mismo Gobierno nacional aguarda. ansiosamente.

 

Muy bien por esos líderes que han buscado acercarse y se preparan ávidamente para este proceso. Las iglesias, tienen muchas ventajas en la situación posconflicto: ¿Qué tal la creación, articulación, coordinación de una red en todo el país que se extienda aun hasta las zonas más remotas; líderes que tienen la confianza de sus miembros; una buena reputación en sus comunidades; una clara misión de Jesús para actuar en situaciones de necesidad; y la integridad mantenida como valor precioso -muy importante cuando se trata de recursos para financiar proyectos de posconflicto-?

 

Si las iglesias esperan hasta que se firme el acuerdo de paz, ya será demasiado tarde para empezar a prepararse. ¡Ahora es el momento! ¡Carpe Diem! Sin embargo, antes de que las iglesias a lo largo y ancho del país se involucren en la situación posconflicto, es preciso reflexionar seriamente sobre algunos problemas difíciles -y esto se aplica también a cualquier persona viviendo en situaciones de conflicto o de posconflicto.

 

Uno de los más difíciles de re solucionar, es que: en cualquier proceso de paz, los que “ganan” tienden a ser los que usan la violencia; -esa es su “recompensa” por renunciar a la violencia -; y los que salen “perdiendo” tienden a ser las víctimas. Porque si no se dan concesiones a los perpetradores de violencia, ellos continuarán con su violencia, y no habrá proceso de paz; ya que las víctimas por lo general tienen poco poder político.

 

En otros escenarios, como Irlanda del Norte, durante muchos años el IRA prosiguió una campaña de violencia, tanto en la provincia como en la parte continental del Reino Unido. Ahora, el IRA ha renunciado a la violencia, un acuerdo de paz se está implementando, y todo el Reino Unido se está beneficiando.

 

También el IRA se beneficia, porque están en el gobierno de la provincia, mientras que las familias y amigos de muchas de las víctimas de la violencia siguen buscando respuestas sobre:  ¿cómo y por qué sus seres queridos desaparecieron o fueron asesinados?

 

¿Cómo podemos nosotros los cristianos reconciliar esto con el odio que tiene nuestro Dios a la violencia, y con su preocupación por los más débiles de la sociedad? ¿Cómo podemos honrar los sufrimientos de las víctimas y de sus familias? ¿Cómo pueden ellas recibir las respuestas que les permitan dar un cierre a su duelo? ¿Y cómo podemos garantizar que se escuchen sus voces en los pasillos del poder?

 

Este no es el único problema difícil: está también la espinosa cuestión de la justicia. Nosotros los cristianos servimos a un Dios que es justicia perfecta, y por eso nos apasiona que se haga la justicia en la tierra.

 

Sin embargo, si todos los actos de violencia del pasado han de ser juzgados y si no hay ningunas amnistías dadas en el acuerdo de paz, entonces no hay ningún incentivo para que los grupos armados entren en ese proceso, y su violencia continuará.

 

Ciertos crímenes son tan horrendos que deben ser sometidos al proceso judicial. Pero, ¿dónde se traza la línea? ¿Estamos dispuestos a aceptar que ciertos crímenes quedarán impunes (ya sea por el ejército o los grupos armados), dejando a los perpetradores ante la justicia última de Dios?

 

¿Es la llamada “justicia transicional” propuesta en la mesa, en la Habana, una respuesta? ¿Es el llamado “tribunal especial” -que se busca implementar-, suficientemente capaz de administrar justicia y no dejar impunes los crímenes de lesa humanidad perpetrados por éstos actores “terroristas”?

 

Son muchas las preguntas y cuestionamientos que podemos seguir haciéndonos y que seguirán surgiendo. Pero también tenemos que enfrentarnos a la cuestión del nivel de detalles que es necesario conocer sobre los actos del pasado: Más de 180 mil civiles han perdido la vida en el conflicto colombiano con la guerrilla, y más de 50 mil familias siguen buscando el paradero de sus seres queridos desaparecidos.

 

Es justo que los que han perdido seres queridos reciban la información que necesitan para dar un cierre a su duelo. Pero, ¿Es necesario saber todos los detalles sangrientos de la tortura y de la muerte? Estos pueden ejercer un efecto negativo, anclando a las personas en el pasado e impidiéndoles avanzar.

 

Nosotros los cristianos tenemos mucho que ofrecer en dicha situación de posconflicto: en relación con el pasado, podemos mostrar cómo es el perdón – Dios nos perdonó, y tenemos la capacidad de perdonar a aquellos que nos hirieron, y de acompañar a los demás en el difícil camino del duelo y el perdón.

 

En relación con el presente, podemos mostrar qué es la reconciliación: Cristo está reconciliando todas las cosas a sí mismo, las que están en la tierra y las que están en el cielo (Colosenses 1:20), y Él nos dio el ministerio y el mensaje de la reconciliación (2 Corintios 5:18-19).

 

En relación con el futuro, podemos ofrecer esperanza – algo que escasea en el mundo actual – porque sabemos que la historia no avanza sin rumbo, y que un día Jesús volverá y pondrá todo recto en esta tierra.

 

Ante estos dilemas morales y éticos, es mucho más cómodo que nosotros, cristianos, los evitemos y permanezcamos en el alto terreno moral, diciendo a la gente de lejos lo que deben o no deben hacer. Pero definitivamente ese no fue el camino que Jesús tomó.

 

Para Él hubiera sido mucho más cómodo quedarse en el cielo, dándonos desde allí instrucciones sobre cómo vivir en la tierra. Pero no hizo esto. Él se encarnó como ser humano, nació, vivió y murió con nosotros, compartiendo nuestras alegrías, nuestras penas y nuestros dolores. Y Él nos dio el ejemplo, para que nosotros sigamos sus pasos.

 

Somos la respuesta de Dios para nuestra atribulada y necesitada nación. Tenemos el mensaje de esperanza, consuelo y verdadera paz. No en vano, el Maestro de Galilea enseñó: “Dichosos los que trabajan por la paz, ¡porque serán llamados hijos de Dios!” (Mateo 5:9).

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