Las primeras cosas primero. Parte 1.

 

La Palabra de Dios nos recuerda la importancia de buscarle para vivir (Amós 5:6, 14); de amarlo con todo nuestro corazón, alma y mente (Mateo 22:37-38). Éste es el primer y más grande mandamiento. Jesús debe ser el Amor Supremo de nuestras vidas. Exaltemos al Señor con todo nuestro corazón, y contemos sus maravillas porque grande es Él y digno de suprema alabanza (Salmos 9:1; 89: 7-8; 96:4 y 99:2). Nuestro Dios y Padre es sobre todos, por todos y en todos (Efesios 4: 6). Cristo es el todo y todas las cosas le serán sujetas en su Segunda venida. El fin de esta vida, de la creación y de la eternidad misma es que Dios sea el todo en todos, pues la vida está en Él. Él es nuestra vida. Vivimos, si lo buscamos.

 

 

Nuestro amor por Cristo es diferente a los otros amores de la vida, los cuales son inferiores. Entonces, Él no debe tener un rival por competencia o preeminencia en nuestra vida. Recordemos siempre quién es Él  y lo que Él hizo por nosotros. Nuestro amor por Él debe estar en incremento y no en decrecimiento. Nunca dejemos que el regalo sea más grande que el Dador de él; nunca dejemos que las bendiciones sean más relevantes que la Persona que las otorga. Nunca dejemos que la creación sea más grande que el Creador. Mantengamos las prioridades. No somos nada sin Él, no podemos hacer nada sin Él (Juan 15:5).

 

 

Jesús nos advierte, como parte de las señales de los últimos días, que el amor de muchos creyentes se enfriará  (Mateo 24: 10, 12). Evidentemente este enfriamiento se refiere a nosotros, los hijos de Dios, pues la palabra aquí es ágape, y solo los cristianos tenemos y funcionamos  con amor ágape. A su vez, vemos cómo el Señor habla de vomitar de su boca a aquellos tibios (Apocalipsis 3: 14-16). Podríamos llegar a pensar que tibio es mejor que frio, pero realmente no es así. Un cristiano frio, al menos reconoce que está mal, y le será más fácil salir de ese estado; entretanto el tibio, bajo el engaño que no ve, piensa que está bien, que vive su vida bien y que tiene todo bajo control, sin pasión ni fuego por Dios y sus cosas; sin pasión por ganar gente para Cristo. Pueden decir: “Voy a la iglesia, pero soy abierto a todo”.

 

 

Vomitar de la boca connota en griego el no tener comunión con el Señor. En un sentido, cristianos tibios hacen enfermar al Cuerpo del Señor. Le producen  náuseas. Debemos contender ardientemente por la fe (Judas 3), y tener ferviente amor (1 Pedro 4:8), buscando y anhelando permanente y apasionadamente a Dios, la fe y la vida cristiana. Se llega a ser tibio, bajo un proceso de decrecimiento. Así como en el matrimonio, nuestra devoción y amor por el Señor deben ser totales. Fieles al Novio Celestial, separados para Él, e invitando gente a nuestra Boda para que le conozcan.

 

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