Las primeras cosas primero. Parte 6

 

Amor y pasión por Dios y por sus cosas implica decisión, tiempo, entrega, disciplina y compromiso. Tanto más le amamos al entender cuánto Él pagó por nosotros. No hay nada más precioso en toda la creación que lo que Él ha hecho por nosotros. Rompamos en nosotros el poder de la carne, con sus deseos y pasiones, viviendo solo por y para Cristo. No dejamos que el viejo perfume de los malos deseos nos domine. Nuestra pasión y visión, enfocadas en Jesús, nos hace tener sueños grandes para el Reino de Dios. Visión es esperanza con planos, y ésta  ignora desánimos, críticas y se mantiene firme y constante hacia adelante, a pesar de los aconteceres en este mundo caído.

 

Pablo,  ante ciertas situaciones que  estaban asesinando la  pasión de Timoteo por Dios, le escribe, desde la cárcel,  para animarle. Bello es ver cómo Pablo le tiene muy presente  en sus oraciones (2 Timoteo 1: 1- 3).  El joven Timoteo está a cargo de la iglesia en Éfeso, y viene presentando algunos quebrantos de salud, quizás por la presión misma del Ministerio. Pablo al instar a Timoteo para que avive el fuego de su don, de su pasión por Dios – (2 Timoteo 1: 6) -,  toca cinco áreas que para tal efecto también a nosotros nos atañen, en cierto sentido profético, como advertencia y  aviso para estos últimos días:

 

 

  1. RENOVAR NUESTRA VISIÓN Y PASIÓN POR LA ADORACIÓN (2 Timoteo 1:3).  Pablo da gracias a Dios, a quien sirve con limpia conciencia. Esta palabra: sirvo, es varias veces en la Biblia traducida como adoración. Servicio y adoración, bíblicamente hablando, son la misma cosa. Simplemente adoración es un estilo de vida de servicio al Señor. No solo una actividad puntual en un culto dominical. Todo lo que hacemos en la vida debe ser como para Dios y en adoración a Él.

 

Avivemos esta adoración, este servicio, celebrando a Jesucristo y su presencia en nosotros, declarando lo que Él es y lo que Él ha hecho a nuestro favor. Él debe ser nuestro verdadero y preeminente servicio y adoración (Romanos 12: 1 -2). Mantengamos  presente cuán grande Él es, y tengamos percepción correcta de su gloria y de su poder, de su eternidad, de su supremacía en nuestra vida; asimismo del Evangelio que es nuestra victoria eterna. Si el Evangelio no es para nosotros lo más importante, simplemente no lo estamos creyendo totalmente. Mas nosotros somos de los que real y plenamente hemos creído.

 

Nuestro Dios es más que suficiente, eterno y auto existente, El Shaddai, a quien amamos,  adoramos y servimos porque le conocemos. Le servimos, sin menguar ni desfallecer, con sincera y amorosa entrega y disposición de corazón, con todo nuestro ser. Él es nuestro Padre Eterno y nosotros sus hijos eternos que eternamente le adoraremos. Él es el Gran Yo Soy, el auto presente;  el que es, el que era y el que ha de venir con Poder y Gran Gloria.

 

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