LOS OBREROS DE LA VIÑA. MATEO 20: 1 -16

 En parábolas vistas anteriormente, el buen samaritano y el hijo pródigo, se enfatiza la gracia de Dios; entretanto ésta enfatiza obras. Necesitamos guardar balance en la enseñanza, pues la Palabra de Dios es balanceada. Dios es, a la vez, Padre y Patrono; nosotros: hijos y siervos. Hijos reciben herencia; siervos sueldo y recompensa por su trabajo. Para entender esta parábola, recompensa en esta vida y en la venidera en virtud de nuestro servicio a Dios, es de rigor ver el pasaje que le antecede en Mateo 19. En los últimos versículos de este capítulo, el Señor habla de dos cosas claves: dejar y seguir. El dejar implica renunciar a las cosas del mundo, y el seguir implica seguirle a Él.

En la parábola se refieren tres lugares: la casa, el mercado y la viña. La casa representa nuestra comunión con el Padre; el mercado representa la iglesia local, en donde recibimos comida: pan, leche, miel, agua y alimento sólido; es decir, la Palabra de Dios, las cosas de Dios y el Espíritu de Dios. Allí cenamos con el Padre, somos discipulados y fortalecidos. Un tercer lugar es la viña, donde le servimos, invirtiendo nuestros esfuerzos: tiempo, talentos y tesoros. Dios, en su gracia, ha provisto este lugar de propósito y razón de vivir, en el cual podemos trabajar. El no sólo quiere hijos sino obreros para su viña. Insistentemente llama obreros para involucrarse, pues hay muchas personas por cosechar.

Dios te quiere como obrero en su viña. Él como Padre es el mejor de los patronos, y como tal podemos servirle con confianza. Él es quien suple todas nuestras necesidades y nos bendice y recompensa grandemente. Dios ama al mundo y la manera de alcanzar gente del mundo es mediante obreros involucrados en la viña. Igual en esta vida vas a servir a alguien: al mundo y al pecado o a Dios y su justicia. Nadie vive en su propio acuario, toda vez que cualquier cosa que hacemos tiene influencia aquí en la tierra. Se requieren muchos obreros para tanta mies, y Jesús mismo nos marcó la pauta, cuando dijo: “Mi comida es que haga la voluntad del que me envió, y que acabe su obra” (Juan 4:34). Nos debe asistir el más ardiente anhelo por la salvación y la edificación de las personas.

El diablo siempre siembra pensamientos de aplazamiento en cuanto a involucrarse en la Obra. No aplaces tu involucramiento por cuanto “El que siega recibe salario y recoge fruto para vida eterna, para que el que siembra y el que siega se gocen juntos” (Juan 4:36). Negocia tus minas (Lucas 19: 12 – 13). Trabaja en la viña del Señor, antes de su regreso. El tiempo de servicio y de cosecha es limitado. El día equivale a nuestra vida, y ésta pasa muy rápido. La hora viene cuando nadie podrá trabajar. Ingresa ya a la viña: jamás tendrás remordimiento; estarás eternamente gozoso. Ciertamente vendrán tormentas y el calor del día, pero sigue trabajando fielmente hasta el final, bajo el cuidado incesante y la retribución generosa del amo de la casa. Él paga y bendice muy bien en esta vida y en la venidera.

Vemos en esta historia cómo un primer grupo de obreros se involucra en la viña prontamente. Un segundo grupo es hallado a las nueve de la mañana. Viene menos cosecha en razón de ellos, ya que no se involucraron en la hora primera. Inactividad y falta de enfoque en la viña conlleva pérdida de parte de la cosecha. Un tercer grupo fue hallado al mediodía y otros hacia las tres de la tarde, hasta llegar finalmente a los renuentes y perezosos desocupados del día entero, los cuales se limitaron a servir una hora.

Cada vez, en la medida que avanza el día, el llamado se hace más fuerte, dado que el corazón del hombre tiende con el tiempo a endurecerse. No claudiques entre dos pensamientos, ni guardes silencio ante el llamado de Dios (1 Reyes 18:21). Cuando Él llama, responde sin tardanza. Si esperas, tu corazón se endurecerá, tal como ocurrió con el último grupo en el llamado al final del día. Ellos exclamaron: “nadie nos ha contratado”. Tal respuesta no es cierta; es una excusa producto de su endurecimiento, a través de la cual se asume un derecho para no entrar a la viña. Con el paso del tiempo, se tienden a creer propias mentiras y justificaciones.

Por otra parte, notamos una mala actitud en los primeros obreros, de queja y murmuración, al recibir su salario. Dada su antigüedad, pensaron merecer más por la labor de todo el día. En verdad en la viña del Señor no hay antigüedad. Obreros de mayor tiempo deben tener cuidado con sus actitudes y motivaciones, pues tienden a olvidarse de la gracia de Dios. Dios bendice a todos porque Él a todos ama. Él bendice por buena actitud en el servicio. Con mala actitud se pierde mucha recompensa. Servimos a Dios con amor, humildad y alegría. Tanto más cuando otros obreros entran a la viña.

Ahora bien, finalmente los últimos obreros fluyeron fácilmente. Con los primeros el Señor pacto el pago de un denario. Ellos se movieron más en virtud de un contrato. Con los siguientes Él pactó lo justo. Éstos fueron muy bendecidos, bajo un trato diferente, pues simplemente se dispusieron sabiendo que del Patrono recibirían su pago. Los últimos, por el trabajo de una hora recibieron igual remuneración al trabajo de doce horas de los primeros. Se trata, entonces, de entrar a la viña con correcta actitud, y el Señor se encarga de la recompensa. Cuando en la iglesia se suscitan cambios, por ejemplo, en la manera de discipular, quienes dan problemas son los obreros antiguos. Obrero: deja de lado celos, envidia, rivalidades, orgullo y toda clase de comparación, dado que Dios bendice a todos.

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