Principios y Valores Cristianos en la Constitución y la Ley

Cuando en la Grecia Antigua los hombres se dedicaron a observar en las noches el cielo, descubrieron la existencia de un orden establecido en el firmamento, al punto de saber dónde podían hallar una estrella y ese orden celestial fue la inspiración de un orden terrenal, que ellos ubicaron en la asamblea, que instaurada por Solón fue llamada ekklesia y de donde se derivara nuestra denominación como Iglesia (Mateo 16:18; Hechos 9:31; Romanos 16:16; entre otras citas); que además es reconocida en la Palabra como Cristiana, (Hechos 11:26, 26:28; 1 Pedro 4:16).

En nuestro caso, el Preámbulo de la Carta Política inicia diciendo: “EL PUEBLO DE COLOMBIA, en ejercicio de su poder soberano, representado por sus delegatorias a la Asamblea Nacional Constituyente, invocando la protección de Dios, y con el fin de fortalecer la unidad de la Nación y asegurar a sus integrantes la vida, la convivencia, el trabajo, la justicia, la igualdad, el conocimiento, la libertad y la paz, dentro de un marco jurídico, democrático y participativo que garantice un orden político, económico y social justo (…)”. Esta fue la primera norma sobre la cual se pusieron de acuerdo los Constituyentes. Comenzaron bien.

 

En el artículo 2° de la Constitución Nacional, se establecen los fines esenciales del Estado y entre ellos están: “asegurar la convivencia pacífica y la vigencia de un orden justo”. Es decir, desde un comienzo los Constituyentes de 1991, después de invocar la ayuda permanente de Dios, consagraron a la libertad y el orden como principios constitucionales. Dios es un Dios de orden, así dice el Nuevo Testamento: “pero hágase todo decentemente y con orden. (1 Corintios 14:40)”. La Constitución y las leyes son el fundamento de la estructura jurídica de las libertades y del orden. Algunos sólo exigen las libertades en sus manifestaciones, pero no aceptan la existencia del orden institucional.

 

Aristóteles (384 a. C. – 322 a. C.) hablando de la soberanía del pueblo griego en su libro “Política”, menciona los poderes públicos como “el que delibera, el que manda y el que juzga”; Montesquieu (1689-1755), en su obra maestra “El espíritu de las leyes”, se muestra partidario de la separación de los tres poderes. En realidad no fue ni Aristóteles ni Montesquieu quienes idearon la división tripartita del poder sino Dios, mucho tiempo antes, pues las Escrituras registran las palabras del profeta exhortando al pueblo: “Porque Jehová es nuestro juez, Jehová es nuestro legislador, Jehová es nuestro Rey; él mismo nos salvará” (Isaías 33:22). Este modelo, que Dios diera a su pueblo escogido, nos rige a nosotros también y es la garantía de la existencia de un Estado de Pesos y Contrapesos, así como lo denominan los doctrinantes contemporáneos, donde la independencia y la colaboración armónica de las tres ramas del poder público: el poder ejecutivo, el poder legislativo y el poder judicial, es el instrumento de la libertad, del orden y la garantía de la democracia.

 

Se puede afirmar, que hay una unidad inseparable entre las libertades y el ordenamiento jurídico. En tal virtud, en la cinta colocada al pie del águila del escudo nacional, se puede leer nuestro slogan patrio: “Libertad y Orden”.

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