REFLEXIONES II (223)

Un reto para el Dios de lo imposible

Se dice que en la ciudad alemana de Hanover está el sepulcro de una condesa que negaba la existencia de Dios y se reía de la idea que existiera la resurrección.

 

Para indicar su desprecio por el cristianismo, ordenó a sus súbditos que cuando muriera se hiciera su tumba de solida mampostería cubierta de grandes piedras unidas por grapas de acero. Sobre esa tumba se grabaron las palabras de desafío que decían “Está tumba estará cerrada por siempre“. Un día una semilla cayó en una de las grietas del sepulcro, y pronto comenzó a crecer una pequeña planta. Luego, como si la naturaleza se quería burlar del orgullo descrito en la tumba, aquella pequeña planta creció frondosa y poco a poco las raíces fueron penetrando por debajo de los sólidos bloques de piedra, levantándolos y sacándolos de su lugar.

 

Aunque apenas han pasado algunas generaciones desde que aquel sepulcro fue sellado, solo bastó una pequeña semilla para que el poder de Dios se glorificara sobre aquellas palabras inscritas allí. “Porque la palabra de la cruz es locura a los que se pierden; pero a los que se salvan, esto es, a nosotros, es poder de Dios.” 1 Corintios 1:18

 

Tener fe en Jesucristo es creer y confiar fielmente en todo aquello que parezca humanamente ilógico. Creer en la existencia de la salvación, la vida eterna, un cielo y tierra nueva. Saber que él está con nosotros todos los días de nuestras vidas hasta el final de este mundo y que nunca nos dejará avergonzados.

 

Es esperanzador saber que la confianza que hemos puesto en Jesucristo nos abriga con el poder de su palabra. Sigue adelante no desistas. Aferra tu confianza en Jesucristo como aquella pequeña semilla, aunque para los demás parezca locura, es poder de Dios que nos trae salvación.

 

El círculo del odio

Un importante empresario estaba enojado y regañó al director de uno de sus negocios. El director llegó a su casa y gritó a su esposa, acusándola de que estaba gastando demasiado porque había un abundante almuerzo en la mesa. La señora gritó a la empleada, que rompió un plato y le dio una patada al perro porque la hizo tropezar. El animal salió corriendo y mordió a una señora que pasaba por allí. Cuando ella fue a la farmacia para hacerse una curación, gritó al farmacéutico porque le dolió la aplicación de la vacuna. Este hombre llegó a su casa y le gritó a su madre porque la comida no era de su agrado.

 

La señora, manantial de amor y perdón, le acarició la cabeza mientras le decía: “Hijo querido, te prometo que mañana haré tu comida favorita. Trabajas mucho, estás cansado y hoy precisas una buena noche de sueño. Voy a cambiar las sábanas de tu cama por otras bien limpias y perfumadas para que puedas descansar en paz. Mañana te sentirás mejor”. Lo bendijo y abandonó la habitación, dejándolo solo con sus pensamientos.

 

En ese momento se interrumpió el círculo del odio, al chocar con la tolerancia, la dulzura, el perdón y el amor.

 

El Puente

Había una vez dos hermanos, Tomás y Javier. Vivían uno al frente del otro en dos casas de una hermosa campiña. Por problemas pequeños, que al acumularse sin resolverse se fueron haciendo grandes con el tiempo, los hermanos dejaron de hablarse. Incluso evitaban cruzarse en el camino.

 

Cierto día llegó a la casa de Tomás un carpintero y le preguntó si tendría trabajo para él. Tomás le contestó:

 

—¿Ve usted esa madera que está cerca de aquel riachuelo? Pues la he cortado ayer. Mi hermano Javier vive en frente y, a causa de nuestra enemistad, desvió ese arroyo para separarnos definitivamente. Así que yo no quiero ver más su casa. Le dejo el encargo de hacerme una cerca muy alta que me evite la vista de la casa de mi hermano.

 

Tomás se fue al pueblo y no regresó sino hasta bien entrada la noche. Cuál no sería su sorpresa al llegar a su casa, cuando, en vez de una cerca, encontró que el carpintero había construído un hermoso puente que unía las dos partes de la campiña.

 

Sin poder hablar, de pronto vio en frente suyo a su hermano, que en ese momento estaba atravesando el puente con una sonrisa:

 

— Tomás, hermano mío, no puedo creer que hayas construído este puente, habiendo sido yo el que te ofendió. Vengo a pedirte perdón. Los dos hermanos se abrazaron.

 

Cuando Tomás se dio cuenta de que el carpintero se alejaba, le dijo:

 

—Buen hombre, ¿cuánto te debo? ¿Por qué no te quedas?

 

—No, gracias —contestó el carpintero—. ¡Tengo muchos puentes que construir!

 

El último deseo de un reo condenado a muerte

Cuenta una historia que un hombre fue condenado a muerte. El día que iba a ser decapitado el rey se presentó al acto para confirmar el cumplimiento de la sentencia. El rey le preguntó al reo que si tenía algo que pedir como su última voluntad antes de morir. Todo lo que el reo pidió fue un vaso con agua. Al rey le pareció un deseo fácil de conceder y pidió que le dieran el agua.

 

El reo tomó el vaso pero temblaba tanto que no pudo acercar el agua a sus labios. Entonces el rey le dijo:

 

—Tranquilízate, te doy mi palabra de que nada te sucederá hasta que hayas terminado de beber esa agua.
El hombre confió en la palabra del rey y arrojó el vaso al suelo. Inmediatamente el agua se derramó y se consumió en el polvo y nadie pudo recogerla. El rey se vio obligado a cumplir su palabra y así aquel reo se salvó de la muerte.

 

Al igual que el reo de la historia, tú y yo estamos condenados a muerte como pago por nuestros pecados. Pero también podemos ser salvados por el Agua. No un vaso de agua como el de la historia, sino por el Agua de Vida que Jesús nos ofrece.

 

La salvación  está al alcance de todos, gratuitamente, mediante la fe en Jesús. Únicamente debemos creer en la Palabra de Dios y aceptar el regalo maravilloso de la vida eterna.

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